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SANTA SOFÍA , LA SABIDURÍA EN PIEDRA

 

 

La imponente construcción de Santa Sofía se alza sobre los cimientos de Byzancion, antigua polis griega fundada en el s. VII a.C. y que el propio emperador Constantino rebautizó homónima en el 330 pasándose a llamar Constantinopla (ciudad de Constantino).

 

Su emplazamiento estratégico la brindó el honor de ser sede del Imperio Romano de Oriente a partir del 394 por mandato del emperador Teodosío, pero será otro líder quien llevará la metrópolis a su esplendor. Durante el s. VI de nuestra era se vivirá el periodo de mayor florecimiento artístico-cultural de manos del emperador Justiniano, conociéndose justificadamente esta etapa como “La Primera Edad de Oro”.

 

Las obras de la gran basílica constantinopolitana comienzan en la fecha del 532 -concluyéndose en el escaso tiempo de 5 años- a manos de sus dos mekainicoi (ingenieros): Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Las dotes de tan excelentes maestros les llevaron a plantear una cúpula de tremendas dimensiones: 30m. de altura por ídem de alto.

 

 La principal complicación de tan colosales proporciones reside en la sustentación, pero el problema fue resuelto audazmente gracias a su diseño capaz de contrarrestar empujes y aligerar pesos.  Por un lado la cúpula está compuesta en su interior por ánforas huecas, cuestión que aminora el peso notablemente, y ésta a su vez reposa sobre cuatro pechinas que dirigen su fuerza hacia cuatro inmensos contrafuertes, que a su vez reparten los empujes en las dos medias cúpulas laterales que de igual modo descansan sobre unas cascadas de pequeñas cupulitas. Conclusión: una solución centrífuga inigualable.

 

La contemplación de la cúpula desde el interior guarda otro as en la manga: cuando la luz penetra entre los vanos  situados en su base los efectos lumínicos desbordan al espectador haciéndole creer que se mantiene ingrávida flotando ante sus ojos. Este hecho fascinó tanto a Procopio, redactor de Justiniano, que dejó huella en sus escritos afirmando: “Dios no debe estar muy lejos”.

 

Otro de los aspectos que más sorprende al viajero es el contraste entre el austero exterior grisáceo del edificio con su rica ornamentación interior: mármol jaspeado, alabastro, relieves y mosaicos, aunque éstos últimos han sufrido la crisis iconoclasta por lo que apenas se conservan.

 

Con la caída de Constantinopla en 1453 la basílica cristiana pasa a manos otomanos convirtiéndose en mezquita mayor siendo completada con los cuatro alminares que le otorgan ese semblante tan característico.

 

Ni el transcurso de los siglos, ni las fuerzas naturales, ni las diferentes culturas y guerras que han pasado ante los ojos de Santa Sofía han logrado deshacerse de sus conceptos originarios: armonía y monumentalidad.

 

 Por Elena Orión

 

 

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