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 Un grupo teatral de cultura indígena se hace fotos para promocionarse en Ciudad de México.

 

1º Parte
Realizado por Laura Revuelta

 

El comercio está en la calle

 

En un país de casi 2 millones de km2, con una población de 97 millones habitantes, de los cuales más de 12 millones son indígenas con lenguas y culturas propias, cuya diversidad paisajística abarca desde el desierto hasta la selva  húmeda, existen muchos rincones capaces de atraer al viajero, además de Cancún y sus arenas blancas.

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Este es un recorrido por breves historias anónimas de algunos habitantes de la región central de México, probablemente una de las zonas menos conocidas por el turismo foráneo, que pretende dar una ojeada a algunas de las realidades sociales que se pueden hallar en un país geográficamente vasto, y culturalmente apasionante.

Aunque fuera de México siempre oímos hablar de la inseguridad que reina en el Distrito Federal, cabe destacar que el gobierno mexicano está realizando un esfuerzo considerable para asegurar que los turistas puedan visitar la ciudad con seguridad. No obstante, no debemos ser ingenuos: bolsos, mochilas, joyas de cualquier tipo y planos abiertos en plena calle son invitaciones al robo que se deben evitar, tanto en el DF. como en Barcelona, o en cualquier otra gran ciudad. Por lo demás, es imposible resumir en pocas líneas una ciudad de más de 20 millones de habitantes con una rica herencia histórica y cultural, punto de mira de las esperanzas de millones de mexicanos de todo el territorio, que esperan encontrar allí una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida.

Lo que sí encuentra el extranjero al llegar al aeropuerto del Distrito Federal son cientos de personas y otras tantas maletas amontonadas. Después, puede toparse con algunos de los embotellamientos habituales, que convierten un trayecto cotidiano en una “excursión” enervante de dos o tres horas, para descubrir una ciudad donde te pueden vender un inodoro en la esquina, donde te abrazan efusivamente aunque te acaben de conocer, donde la comida asalta las calles, invadiéndolas con miles de colores, y olores. De todos  modos, en el aire predomina el olor inconfundible a plomo, que hace que nuestro sentido del olfato recuerde la ciudad mucho tiempo después de haberla visitado, algo que también sucede en La Habana. La otra característica de la ciudad que más suele sorprender al europeo es la cantidad de comercio de todo tipo, además del alimenticio, que se puede encontrar en la calle. Hay rincones del centro de México en los cuales se hace difícil abrirse paso entre los puestos, entre las mantas que abarrotan y que venden absolutamente todo lo imaginable, por no hablar de los enormes calderos donde se fríe carne, se hierven mazorcas o se asan chapulines[1], entre otras muchas cosas.

En Xochimilco, la “Venecia mexicana”, los comerciantes se desplazan en sus chinampas para acercar la mercancía a los clientes. A la hora de hacer negocio, todo vale.

Una cárcel de lujo

En el Distrito Federal hablamos con Ofelia, saboreando deliciosos tamales[2] y un café en su cocina enorme. Su charla es dulce, educada y un tanto empalagosa – una característica de los mexicanos es su forma de arropar al extranjero con su amabilidad, quizás algo excesiva comparada con el estilo seco habitual en un catalán, por ejemplo – pero de sus palabras se desprende una cierta sensación de soledad, como si la lujosa casa se llenara de ecos de voces ausentes. Psicóloga recién licenciada, Ofelia está a punto de cumplir los cincuenta, y vive entregada a su trabajo desde que se siente algo sola porque sus hijos, de 24 y 23 años, se han ido a vivir por su cuenta sin estar casados, y sin tener pareja ni nada que se le parezca, algo poco frecuente en la sociedad mexicana. “No somos una familia al uso”, dice, “pero yo estoy muy contenta con mis hijos”. No puede esconder un deje de tristeza  en la voz, a pesar de que su perrito Yorkshire ayuda a combatir la soledad.

La casa de Ofelia se encuentra en un “condominio horizontal”, es decir, en un conjunto de casas dentro de un recinto cerrado y vigilado permanentemente, dado que el barrio en el que se encuentra, la Colonia del Valle, aunque es de clase media alta, es  inseguro cuando cae la noche.

Su marido, Ildefonso, es director financiero de un ingenio azucarero en Motzorongo, un pueblo de Veracruz, , al cual se desplaza cada semana en avión. La gente del pueblo, en cambio, no se desplaza en avión nunca, de hecho es posible que en toda su vida no lo hagan, ni deseen hacerlo. Según cuenta Ofelia, los habitantes de Motzorongo no aceptan las mejoras laborales que son de obligatoria implantación actualmente. No quieren dejar de trabajar doce horas diarias, siete días a la semana. “Sólo quieren trabajar, emborracharse, y tener aventuras extramatrimoniales”, comenta.  

La otra parte de la historia

En la plaza del Zócalo, un hombre de indumentaria indígena ofrece curaciones y
prevenciones contra los malos espíritus

La dejamos en su gueto de seguridad y clase alta, un lugar que seguramente es envidiado por mucha gente pero no por Mari, su empleada del hogar. Mari ni siquiera en la envidia, ni en la imaginación, se plantea ser como su señora. A ella el trabajo duro que lleva a cabo en ésa y otras lujosas casas del entorno la ayuda a olvidar su situación, que es común a la de muchas mexicanas: años atrás, su marido  se tuvo que ir de “mojado”, es decir, de trabajador ilegal, a Estados Unidos, y nunca volvió. La dejó sola con tres hijas, la mayor de las cuales ya ha tenido un niño, convirtiendo a Mari en una abuela de 42 años. Resignada a que su marido no vuelva más, ésta trata de ignorar sus problemas de salud para poder seguir manteniendo a toda la familia. Tal vez cuando sus hijas y su nieta no la necesiten tanto, Mari podrá preguntarse acerca de sí misma y de lo que desea, por ahora no tiene tiempo para hacerlo.  

 

[1] Parecidos a los saltamontes, los chapulines son muy apreciados en el centro y sur del país.

[2] Alimento típico de México y otros países de Centroamérica y Surámerica. Se elabora a base de una masa de maíz rellena de pollo u otras carnes y salsa más o menos picante.

 

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